Por Elíades Acosta
Fuente. Una paz inalcanzable. De Valencia a Bagdad. Los intelectuales y la defensa de la humanidad. Ocean Sur. 2006.
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Al concluir la Primera Guerra Mundial quienes habían sobrevivido a la matanza respiraron aliviados, pensando que jamás se podría repetir semejante atrocidad. Millones de personas en todo el mundo creyeron que al cesar el tronar de los cañones, la humanidad se adentraría en una época de paz y felicidad, de florecimiento del comercio, las artes y la cultura. Un singular optimismo impregnó aquellos días, pero la esperanza tuvo corta vida.
Los tratados de paz que debían fijar las relaciones internacionales al fin de la Primera Guerra Mundial, especialmente el de Versalles, firmado en París, el 28 de junio de 1919, no fueron justos. No podían serlo: habían sido redactados y rubricados por los representantes de las potencias imperialistas vencedoras, a costa de las derrotadas. El nuevo reparto del mundo no se basaba en la justicia, ni en el deseo sincero de acometer una obra general de reconstrucción de las relaciones internacionales capaz de conjurar nuevas conflagraciones. No importó, tampoco, la suerte de los pueblos atrapados en aquella vorágine de ambiciones expansionistas y apetitos por colonias y mercados. No primaba el deseo de generar confianza mutua, ni restablecer los nexos históricos europeos, dañados severamente por la guerra, sino de humillar y castigar a los vencidos y lucrar a su costa, como si ellos hubiesen sido los causantes de la tragedia y no mereciesen existir.